Hoy pasé la aspiradora. Puse a lavar sábanas y cubrecamas. Limpié los pisos de la sala comedor y de la biblioteca con el jabón nuevo rebosante de un aroma que quisiera que permaneciera en el aire sin necesidad de hacer todo el trabajo cada vez. Amo que existan las aspiradoras y los lampazos modernos para lavar pisos sin que una ni siquiera tenga que tocar el agua. Odio limpiar.
Mientras me preparaba el mate, bajé las ocho sillas que había puesto sobre la mesa y lo traje junto al termo,
Mientras me preparaba el mate, bajé las ocho sillas que había puesto sobre la mesa y lo traje junto al termo,
y al tensiómetro,
y al papel en el que llevo la cuenta de todas las veces, desde que empezó el año, que siento creo vivo morir. Algunos días, más de una vez.
Me senté, por primera vez en el día desde que me levanté hoy, y después de tomar todos los comprimidos a su hora indicada, y tomé uno o dos mates. Respiré. Los ataques de pánico también me están enseñando a respirar, hasta cuando no los tengo, parte del aprendizaje, a buscar la calma incluso cuando mi cuerpo se siente en calma.
Abrí la novela que empecé cual alternativa de refugio. Gracias a Dios existen esos libros. Estoy por terminarla. Me va llevando todo el mes leer lo que quizás a otra persona llevó tres mañanas frente al mar, mientras yo dormía agradecida por las pastillas que me recetó una de las tantas y tantos médicos que me vieron los primeros diez días de enero en sus guardias, desde el mismísimo 1 del uno. “Dosis suaves, las más bajas” para que luego revisen mis médicos de cabecera, incluida, desde ahora, la psicóloga.
Usé el tensiómetro y comprobé que todo estaba bien aun cuando me había movido mucho. Algo tan simple y vital como moverme, desplazarme de un lado a otro, y necesité comprobar que podía sobrevivir, seguir sobreviviendo.
Fiona, la gata amarilla de la casa, espléndida ella y distante, vino hacia mí sobre la mesa. Se lava y me incluye en su baño, me lame el brazo. Me siento parte del ritual. Resulta contenedor. Alivia. Sana el instante. No hay por qué buscar razones místicas. ¿Es como si entendiera? ¿Me busca para darme calma?, o para compartir la mía, por primera vez, desde hace tanto rato… No canto victoria. Nunca canto victoria.
Ayer hablé. Estoy pudiendo. Y decir. Y escuchar lo que ya se sabe que no querría escuchar, sin embargo escucho y puede que ya no sienta nada, digo, no como antes.
Fiona se sigue bañando en frente de mí, ya no me toca. Retomo mi libro, entro nuevamente en él no como refugio, no siempre. Quiero terminarlo antes de que se termine el mes.
Me senté, por primera vez en el día desde que me levanté hoy, y después de tomar todos los comprimidos a su hora indicada, y tomé uno o dos mates. Respiré. Los ataques de pánico también me están enseñando a respirar, hasta cuando no los tengo, parte del aprendizaje, a buscar la calma incluso cuando mi cuerpo se siente en calma.
Abrí la novela que empecé cual alternativa de refugio. Gracias a Dios existen esos libros. Estoy por terminarla. Me va llevando todo el mes leer lo que quizás a otra persona llevó tres mañanas frente al mar, mientras yo dormía agradecida por las pastillas que me recetó una de las tantas y tantos médicos que me vieron los primeros diez días de enero en sus guardias, desde el mismísimo 1 del uno. “Dosis suaves, las más bajas” para que luego revisen mis médicos de cabecera, incluida, desde ahora, la psicóloga.
Usé el tensiómetro y comprobé que todo estaba bien aun cuando me había movido mucho. Algo tan simple y vital como moverme, desplazarme de un lado a otro, y necesité comprobar que podía sobrevivir, seguir sobreviviendo.
Fiona, la gata amarilla de la casa, espléndida ella y distante, vino hacia mí sobre la mesa. Se lava y me incluye en su baño, me lame el brazo. Me siento parte del ritual. Resulta contenedor. Alivia. Sana el instante. No hay por qué buscar razones místicas. ¿Es como si entendiera? ¿Me busca para darme calma?, o para compartir la mía, por primera vez, desde hace tanto rato… No canto victoria. Nunca canto victoria.
Ayer hablé. Estoy pudiendo. Y decir. Y escuchar lo que ya se sabe que no querría escuchar, sin embargo escucho y puede que ya no sienta nada, digo, no como antes.
Fiona se sigue bañando en frente de mí, ya no me toca. Retomo mi libro, entro nuevamente en él no como refugio, no siempre. Quiero terminarlo antes de que se termine el mes.
Es 29 de enero.
Me faltan pocas páginas y se acaba de sumar un personaje nuevo y quiero saber qué significa para el protagonista, cómo es, a qué vino, a qué lo trajo el autor, cómo se irá. O no.
Quiero terminar la novela y a la vez no. Esas cosas pasan se tenga el orden o el desorden que se pueda.
Comencé a escribir esto a mano alzada en el mismo papel detrás de las anotaciones que he ido haciendo cada vez que me tomo la presión arterial. Nunca antes pensé en llevar un diario íntimo, menos uno ordenado con sus fechas, horarios, diástoles y sístoles.
En los parlantes suena mi canción de Pescado
Quiero terminar la novela y a la vez no. Esas cosas pasan se tenga el orden o el desorden que se pueda.
Comencé a escribir esto a mano alzada en el mismo papel detrás de las anotaciones que he ido haciendo cada vez que me tomo la presión arterial. Nunca antes pensé en llevar un diario íntimo, menos uno ordenado con sus fechas, horarios, diástoles y sístoles.
En los parlantes suena mi canción de Pescado
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